MANDATO DE MASCULINIDAD

CÓMO ME VOLVÍ HOMBRE
P.R.L
**Este texto está conformado de varias entrevistas que se hicieron en el marco de una investigación
sobre el mandato de masculinidad**

“La masculinidad obsesiva es siempre fuente de conflictos y de tensiones. 
Obliga a ponerse una máscara que simule una superpotencia y una independencia matadoras. 
Y cuando cae la máscara se descubre un bebé que tiembla”.
David Gilmore

D.
“Es mejor el amor cuando hay temor”


Tenía que demostrarlo. Porque aunque me hubiera ido un rato uno cuando se vuelve tiene que dar la impresión de que ha vuelto con todo, de que es inquebrantable, uno tiene que cumplir hazañas que hagan a los demás querer que uno forme parte de su grupo, que se haga fama de no ser dejado, de siempre defenderse, hay que ser temido.
Estuve en La Corre desde los dieciséis, robamos algunas cosas, se nos pasó la mano con un don, y pum, directo a la corre. Ahí nomás te maleas, dicen que aprendes a convivir pero naahhh lo que aprendes es a sobrevivir, todos queremos ser el más chingón pa que saliendo nadie nos tuerza, nadie nos tire, queremos que nos admiren, queremos que nos teman, que la gente se ande con cuidado. Que nadie se meta contigo
-¿O sea qué lo que quieren es tranquilidad?
Podría decirse, sí algo así, aunque naaah yo creo que más bien quiere uno reventarse sin que nadie le diga nada. Que no necesariamente es tranquilidad como tal.(...)
El día que salí de ahí me compré unos tenis. Unos tenis de color con agujetas verdes. Como a los cuatro-cinco días iba caminando y me encontré con Jenny, una amiga que había ido conmigo en algún punto de la secundaria. Me saludó con mucha emoción, me lanzó los brazos al cuello, me abrazó. En eso pasó su novio: 
-¿Qué mierda haces abrazando a mi novia?
Jenny y yo lo calmamos, yo no quería pedos, acababa de salir, no llevaba ni una semana fuera, quería andar tranquilo, quería mi libertad, amaba mi libertad.
-Cálmate, es mi amiga, hace un chingo que no nos veíamos.
El wey me dedicó una mirada larga y amenazante. Y se llevó a Jenny del brazo. De verdad creí que la había librado, de verdad creí que todo había quedado ahí, pero ese día más noche, cuando Jenny me imagino dormía e su casa y yo traía unas cuantas caguamas encima, su novio me encontró bebiendo. Me encontró bebiendo y se presentó:
-¿Te acuerdas? Tú estabas abrazando a mi novia
Ni chance me dio de contestarle cuando ya traía dos balas en la pierna.
-No te le acerques ¿oíste?
De verdad yo no quería acercármele, de verdad yo no quería nada con Jenny. Pero esos disparos me valieron tres meses con muletas, tres meses sin caminar, tres meses con la idea de matar al idiota que me había dejado inválido unos meses.
En cuanto pude moverme lo busqué.
Lo busqué y lo maté.
Quería que vieran que no tengo miedo.
Aunque la mano me tembló a cada disparo.

I. 'EL TRAVIESO'
“Uno tiene que salir y recorrer este camino”

Un día mi papá me dejó en su camioneta a la mitad de la carretera, a media noche.
-Para que se te quite el miedo.
Y se fue. Quien sabe a dónde. Yo tenía como siete u ocho años. Poco después dejé de ver a mi papá, se andaba escondiendo porque los pandilleros querían matarlo, él estuvo en la guerrilla ¿sabes? Cuando en Guatemala o se era guerrillero o se apoyaba el hambre y la miseria que azotaba a todos. Cosa graciosa porque al final yo acabé de pandillero, mi papá nunca estaba, mi mamá se llenaba de hijos y apenas tenía tiempo para cuidarme y la entiendo porque mis hermanitas gastaban mucho tiempo. Entonces me salía a la calle, siempre me ha gustado andar vagando.
Ya crucé la frontera dos veces y seguro que en mi vida lo haré otras más, aunque nunca he tenido el "sueño americano", yo sólo he llegado allá como quien cruza una meta, una vez me quedé ahí un rato hasta que me deportaron, otra vez me entregué junto con un amigo hondureño y nos mandaron a Honduras en avión. A ese amigo me lo mataron. La eme ese trece, nosotros eramos de la dieciocho. Lo mataron para poder entrar a la trece, igual se la pelaron porque yo lo maté, me hervía la sangre: mi amigo, mi único amigo. La misma pandilla que mató a mi papá, la misma. No me arrepiento. Maté porque tenía que matar. Y ahora estoy huyendo, por eso soy refugiado. Me escondo, me escondí. Nadie sabe donde ando y eso es porque no tengo familia.
Entonces hago este recorrido, porque es lo único que me queda, en las pandillas quieren obligarme a hacer lo que ellos quieren que haga que casi siempre es matar, eso no me gusta. Si he matado es porque mataron a mi mejor amigo, mi hermano, mi compañero de viaje y aventuras porque no podía aguantar el miedo que eso me daba y golpee a quien tenía que golpear y pasó lo que tenía que pasar, pero no por gusto. Creo que así estoy bien. Es una eterna huída pero mientras me divierto, siempre me divierto.

H.
“Es la cárcel o el panteón”
Yo crecí en Tepito.
Pinche barrio conflictivo, ahí si uno sale un poco de su casa casi seguro acaba enrollado en algún pedo. Yo acabé enrollado en un pedo, un pleitito de barrio del que tenía que defenderme o acababa muerto: me defendí. Pero en general no me gustaba meterme en pedos, me-de-fen-dí, pero a mí lo que me gustaba era platicar con mi morra, escaparnos a algún parquecito a bailar con la música del walkman y besarnos detrás de una higuera que crecía por fuera de un altar a la santa muerte. Nos armábamos dos churros y nos lo dábamos antes de ir a comprar unos churros de canela. Doble churro. Un chingo de risas. Un chingo de amor.
Disfrutaba también cocinar, me encantaba hacer pasta y algunas cosas con pollo cuando había la oportunidad. La pizza también me sale chingona. Y los postres, los postres me salían chidos. Le hacía pasteles a mi suegra cuando andaba fuera y se reía porque decía que “Dónde se ha visto, un hombre que cocina”.
Te juro que yo no quería matar, pero el barrio es el barrio. En el barrio no nos enseñan a amar, sino a defendernos, no se ama, se defiende la propiedad, y entonces empiezan los pedos, porque a nadie le gusta que lo amenacen, cuando uno es amenazado, se defiende y eso casi siempre termina siendo una especie de juicio para decidir quien cae: el que amenaza o el amenazado. En mi caso cayo el que amenazaba. Entonces me vieron. Y nadie me preguntó si en mis ratos libres me gustaba cocinar, comer churros o amenazar de muerte. Nadie me creyó que no quería matar pero el barrio es el barrio y no siempre se puede razonar con todos. Al final acá nos enseñaron a siempre mostrar los dientes.
Apegarme a esa única regla me trajo hasta acá.

Comentarios

Entradas populares de este blog

MANUAL DE UNA BUENA SEÑORITA